Alejandro Dolina es conductor de radio, escritor, músico e incursionó fugazmente en televisión. En 2001 fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Este talentoso artista bonaerense fue multipremiado y ampliamente reconocido, aunque él elija la humildad como carta de presentación. De martes a sábado, de 0 a 2 horas., sigue haciendo de las suyas en Radio Del Plata (AM 1030) con La venganza será terrible. Tiene 70 años, dos hijos y le apasiona el fútbol, tanto como los vericuetos de la política.

 

¿Cómo observa este momento del país en el que ya se produjeron algunas elecciones provinciales y todavía quedan algunas más, además de los comicios presidenciales?

Alejandro dolinaLa visión que uno tenga de este momento está muy relacionada con el futuro electoral del país. Con saber si el modelo se va a preservar o si cambiará. Si el modelo se modifica, la ecuación cambia. En ese caso la mirada que puedo tener es, naturalmente, pesimista y llena de dudas. Si el modelo se mantiene es otra cosa, pero es un momento de grandes dudas. No es seguro que el modelo pueda resistir. No es seguro que el Frente para la Victoria gane finalmente las elecciones (presidenciales) de octubre. Y eso es importante, decisivo. No son unas elecciones cualquiera donde por ahí te ponen un Gobernador que te gusta o no.

Está en juego un modelo que se ha perfilado fuertemente durante los últimos diez años, que ha traído enormes cambios en los hábitos argentinos y que ha producido situaciones políticas inéditas. Y está en enorme riesgo de  remitirse enteramente. Ese es el aspecto principal.

 

¿Por qué los porteños son tan fieles, en los últimos, al Pro?

El Pro es un partido que, incluso por la enorme cantidad de votos que saca, evidentemente no es un partido de clase. No es un partido limitado a un sólo sector. Es un partido plurisectorial que encuentra su centro en una clase media, que tiene más bien una visión liberal del mundo. Algunos provienen del radicalismo, otros de la UCD (Unión del Centro Democrático), pero más bien son personas que creen en el mercado, no así en el alcance del Estado. En Estados Unidos serían republicanos. Siempre fueron la mayoría en la Ciudad de Buenos Aires. Y ahora son favorecidos por un apoyo mediático que los promueve y los convierte en glamorosos y admirables, que esconde de algún modo sus peores costados.

La prensa hegemónica es aliada del Pro. Con eso también obtienen un empuje extra que les da esa mayoría. Una mayoría que siempre existió en la Capital, adversa al peronismo y a los partidos nacionales y populares, y que ahora es mayor. También es cierto que, quizás, el Frente para la Victoria no alcanza a concertar con astucia algún tipo de alianza o de acción destinada a hacer elecciones un poco mejores. La verdad es que le fue mal.

 

Ahondando en el aspecto cultural encontramos, como siempre se dice, que podemos ser los mejores y los peores. Que tuvimos a Maradona y ahora a Messi, a grandes científicos, al mismísimo Papa, pero que siempre recaemos en la supuesta avivada en busca de sacar alguna “ventajita” de forma irregular. ¿Le parece que es así? ¿Esto se puede modificar?

No conozco la respuesta, ojalá pudiera darla. Estoy de acuerdo, es un diagnóstico correcto. Puede aplicarse a casi todas las sociedades que tienen sectores de gente brillante, trabajadora, admirable y, por otro lado, también un sector de piolas. Yo creo que acá, en Argentina, los piolas son especialmente deleznables. Es muy difícil modificar lo cultural, ha ocurrido siempre y no parece amenguar. Por el contrario, parece que siempre sigue creciendo. Sectores que no cumplen con la ley, otros que son intolerantes, otros violentos.

En fin, tenemos muchas lacras de ese orden que van desde la violencia de género hasta la evasión de impuestos. Esas cosas que a algunos no le parecen delictuosas, sino más bien, como decíamos, un gesto de viveza. Yo creo que son verdaderas calamidades sociales que son muy difíciles de erradicar.

 

¿Qué clase de liderazgo busca desarrollar cuando toma un micrófono o cuando comunica una idea?

Ninguno. No aspiro al liderazgo, soy un humilde artista, un humilde escritor, un humilde músico.  Trato de indagar acerca de relaciones. Relaciones que hay entre las notas, entre las palabras, entre los pensamientos. Gracias a eso, a veces, puedo conmover a alguna persona. Si consigo ese acierto artístico, si consigo alguna buena línea poética, estoy contento. Pero no aspiro a ser líder de alguna clase de movimiento artístico o cultural. No tengo esa aspiración, no sabría cómo hacerlo. No sabría cómo darme cuenta si en realidad estoy liderando algo. Y tampoco tengo las condiciones para hacerlo.

En mi propio trabajo, por la propia organización del programa y del pequeño grupo que hay a su alrededor, yo vendría a ser el líder natural, porque soy el que lo está organizando y soy el autor de las cosas a partir de las cuales se mueve ese grupo. Pero la verdad es que no tengo ninguna capacidad para ejercer liderazgo. No tengo personas que se sientan participes de un equipo, no sé conseguir esa organización. Y si supiera probablemente me iría mucho mejor. Pero no tengo esa virtud. O no he tenido suerte. Porque no sólo está la virtud del liderazgo, también está la de aquel al que le gusta trabajar en equipo. Pero como decía, no he tenido esa suerte casi nunca.

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